sábado, 10 de marzo de 2012

MEDIO MARATON MERIDA

Este debería ser el lugar destinado para la crónica de la VI Edición del Medio Maratón Patrimonio de la Humanidad, que se celebró el pasado día 4 de marzo en la capital autonómica. Pero, aquí os dejo la historia verdadera de ese finde.
Viernes, cinco de la mañana, cuando la noche aún sigue siendo la protagonista, y el sol aún descansa en su guarida, recibo la visita de una amiga muy especial con la que hacía tiempo que no compartía momentos; viene acompañada de unas revoltosas colegas. Miro el reloj, veo la hora qué es y me sorprendo un poco, pero, en fin, que le vamos a hacer, habrá que atenderlas. Eso sí, después de un poco de negociación y un poco de agua, vuelvo a acostarme, que un rato más tarde hay que ir a trabajar.
Me levanto, como cualquier día y me encamino a mi trabajo; parece que estas amigas han decidido marcharse. Así podré ir el domingo a correr a la antigua Emérita Augusta, a la que nunca he faltado desde que se creara la prueba, hace ya seis años, un Medio Maratón que discurre por los principales monumentos de la ciudad, entretenida y en la que, generalmente, he obtenido buenas marcas; así que habrá que relajarse un poco. Pero no, obstante, hago una visita a un importante personaje, un profesional, para qué me diga cómo debo actuar cuando se presentan estas inesperadas visitas, ofreciéndome una serie de herramientas para evitar que estas inesperadas visitas se consoliden. Durante todo el viernes, a pesar de estar mosqueado, no percibo en ningún momento su presencia.
El sábado por la mañana tengo que hacer un entrenamiento ligero, para estar preparado para el domingo, y así afrontar este importante test de cara al Maratón de Barcelona, piedra angular de mi temporada, y con esta prueba, solo me quedarán dos pruebas para llegar a las 50 carreras de medio maratón, segundo proyecto de la temporada. Pero cuando me levanto, allí están, esperándome, parece que se habían marchado; intento hacerlas ver que tengo cosas que hacer, que me deben dejar un poco de espacio y tiempo libre, pero dicen que no, que tienen que estar conmigo, así que no puedo salir a entrenar un poco, así que, si eso, lo haré por la tarde. Desayuno, preparo mi cuerpo para la batalla, y espero que mis amistades peligrosas me dejen un poco de descanso. Pero no, no lo consigo, siguen allí impertérritos todo el día, a mi lado, parece que me han cogido cariño, que no los voy a poder abandonar esta jornada. Según transita la jornada, observo que estas compañías no me van a abandonar, aparte de lo pesadas que se están poniendo, por lo que tampoco puedo salir a entrenar esa tarde y, finalmente, desisto de ir el domingo a correr, porque tengo que atenderlas convenientemente, porque si no se lo pueden tomar a mal, y el resultado va a ser peor. Y todo sigue igual a pesar que pongo todo en mi empeño y pongo en juego todas las herramientas que tengo a mi alcance.
Pero, no obstante, cuando me meto en la cama, aún albergo alguna ligera esperanza para poder ir a correr a la mañana siguiente. Pero no, sabedoras de mi intención, impertérritas permanecen a mi lado, diciéndome que tengo que estar a su lado, y ellas al mío.
Así que el domingo, por la mañana, mi mujer me deja en la cama, bien acompañado con estas elementas. Y mi esposa se va sin tener celos por estar prestando atención a otras en vez de a ella. ¿Qué voy a hacer yo hoy?, pues nada, ver la tele, ver como otros corren los campeonatos de España de Cross, pero no solo, ahí están, a mi lado, con un empalago ya muy cansino. Pero ocurre que como son tímidas no intercambian mucha conversacion conmigo, solo están ahí, encima de mí, por delante, por detrás, arriba, abajo, con mucha insistencia, un poco pesados sí que son. A veces me dejan un rato solo, o eso creo yo, porque cuando me confío, ahí vuelven a aparecer, ni con agua caliente me los quito de encima. Todos los elementos y artimañas empleados para dejarlas aparte no dan resultado, al menos por ahora.
Ya ha venido mi compañera, ha terminado la prueba, todo un exito, me cuenta que ha estado bien, me pone los dientes largos, y yo allí, acordándome de quienes comparten compañía conmigo estos días, las que no me han dejado todo el fin de semana. Tengo la cabeza como un bombo, son muy pesadas, y decido salir un rato a despejarme a ver si me dejan un rato, y parece que sí, que se han olvidado de mí, aunque alguna vez aparecen y me dicen que siguen ahí. Tenemos celebración en casa, y aparte de los invitados, ahí están ellas, dejándose notar, como todo el fin de semana. Como soy una persona educada, las hago caso y no pruebo ni una gota de alcohol, porque dicen que es incompatible con sus creencias, y los útiles empleados se pueden rebelar.
Después de una larga tarde, y de un rato de cierta intranquilidad nocturna, porque estaban alborotadas, al final las conseguí hacer que se fuesen, aunque fuesen por un rato, y me pude acostar, y así descansar. Cuando me levanto por la mañana, observo con alegría, pero también con temor, que estoy solo, que se han marchado, aunque siempre estoy mirando para detrás, no vayan a aparecer. Y también vigilo no me hayan puesto alguna trampa en la que caer, y ser presa de su pesadez. Van pasando las horas, y ya, poco a poco, me voy olvidando de ellas. Se han ido, como por arte de magia. Parece que no han estado todo el fin de semana conmigo, y, sin embargo, ahí han estado, todas estas horas junto a mí. Pero ya estoy plenamente feliz, me he quedado solo, con la esencia de su presencia en el ambiente, pero sin más daños colaterales. De todas formas, y ahora con más ahínco, pongo los medios necesarios para que no vuelvan, por lo menos en un tiempo prudencial.
Así que este año, por desgracia, por ser demasiado amigo de mis “amistades”, no he podido pasar por esos dos puentes que definen a Mérida, el de Calatrava, moderno, y el antiguo, el que construyeron los romanos con menos medios que los que disponemos hoy, y que ahí sigue, impertérrito al paso del tiempo. Ni tampoco por el Circo, por el que antaño, las cuadrigas eran las protagonistas. Ni ha habido esa imagen espectacular atravesando por debajo del Acueducto de los Milagros. No he podido vivir la dureza la subida del “angliru”, que lleva hasta el Hotel Velada, uno de los tramos más importantes de la prueba. Y no he podido pasar junto al Teatro Romano, y el Museo. Además, no habré pasado por el Anfiteatro, novedad de esta edición. Y, finalmente, no he oído los aplausos del público cuando entras en la Plaza de España, donde está la meta. En resumen, no he vivido el ambiente de una gran carrera y un circuito exigente.
Ha sido un fin de semana largo, intenso, y sin ningún tipo de descanso, en el que siempre he estado acompañado. Por cierto, que ya se me olvidaba, y como educado que soy, os voy a hablar de mis amigas, quienes han estado siempre, durante todo el fin de semana a mi lado, sin dejarme un solo momento, y se han ido sin despedirse. Ellas son MUELA DOLORIDA, que vino acompaña por sus amigas INFECCIÓN e INFLAMACIÓN. Para que me dejasen en paz, lo que conseguí después de cuarenta y ocho intensas horas de batallas, he puesto en usounas armas importantes, como son “ibuprofeno” y “amoxicilina”, y como se me hacían escasas he tenido que recurrir a un arma más fuerte, “Nolotil”. Con todo este coctel, a base de paciencia y tesón, he conseguido despedir a estas elementas perturbadoras que me han dado el fin de semana.
El odontólogo y su asalto a la cartera, harán el resto.

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