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martes, 14 de febrero de 2012

CUENTO (CASI) IMPOSIBLE I

La calle de la Emperatriz rezuma ambiente; los niños corretean hacia la derecha, hacia la izquierda, los padres se paran a hablar con unos y con otros con los que se cruzan. Las madres miran, de vez en cuando, algún escaparate, de vez en cuando, vigilan los movimientos de sus hijos, para no perderlos de vista. Alguna socorre a su hijo que se cayó, y se hizo daño. El niño no llora hasta que no se siente protegido por su madre.

El sol se cuela entre los edificios, que quiebran las alturas de las fachadas, dando un ritmo alternativo a la luz solar, aquí sol, aquí sombra, niños en carritos, niños en bicicletas; los padres, pendientes. Niños correteando, niños andando.

Ahí estoy yo, con mi hijo, Sergio; me encuentro con Pablo y Elena que van paseando a sus hijos, Adrián y Elsa. Paramos en la Plaza de las flores, donde está el quiosco, donde los niños se arremolinan para comprar sus golosinas, sus bolsas, con las que saciar ese hambre que siempre surge cuando ven estos lugares.

Detrás, un pequeño parque, discreto, con unos columpios, un tobogán y un par de artefactos moviles, como todo ingrediente para el solaz y recreo de los pequeños. Está lleno; unos subidos en los columpios, otros en el tobogán, otros sentados con sus madres, comiéndose el manjar recién adquirido.