Siempre la
misma liturgia, siempre el mismo proceder. Todos los días iba a comprar a
aquella tienda, siempre había una excusa, todo con el único fin que aquella
muchacha, que aquella joven le atendiera. Y es que se había quedado prendado de
ella. No importaba si aquel establecimiento era más caro o más barato que los
restantes que había en el barrio. Solo tenía un motivo para ir allí: Su
presencia. Solo había intercambiado con ella breves conversaciones, poco más
allá del mero lenguaje entre un cliente y un vendedor, vendedora en este caso. Apreciaba
su cara, para él, perfecta; degustaba su sonrisa, siempre presente; se dejaba
embargar por esos ojos que brillaban de belleza; sentía esas manos que él había
tocado alguna vez, cuando le daba dinero, y disfrutaba igual que si acariciase
la seda. Nunca se lo daba exacto para poder vivir ese roce.
Siempre, antes
de entrar, miraba si estaba ella, observaba, buscaba su presencia, con el único
objetivo de oír su voz, para mirarla, para sentirla cerca de él. Más de una vez
había pensado que debía actuar, que debía intentar acercarse a ella, que debía
dar el paso definitivo, buscando manifestarle sus sentimientos. Estaba
decidido, no iba a tardar ya mucho en hacerlo. Pero esa mañana no estaba, esa tarde tampoco. Al día siguiente
tampoco, y así durante tres días más. Tres jornadas en las que se iba a casa
sin haberla visto, solo con su recuerdo. ¿Qué podría estar ocurriendo? ¿Tendría
el jefe más tiendas y la habría mandado a otra? Estaba desazonado, no sabía qué
ocurría.