Aquí os dejo la tercera y última parte de mi relato INDIGNIDAD. Con ella concluyo con una historia, con una sucesión de sensaciones que ojalá no volvieran a surgir en este nuestro país, y que fuese desapareciendo de los lugares donde sucede. Muchas gracias a todos aquellos que lo habéis leido.
¡¡Fuego!! Aprieto el gatillo, cierro los ojos, no quiero ver, quiero acabar ya. La retahíla de balas abandonan las bocas metálicas de los fusiles, silban en su viaje por el viento, trayecto corto, intenso, mortal; el pecho del condenado es el freno de su marcha. La sangre se resbala y sale por el orificio provocado. El hombre, la mujer, el joven, el anciano, que más da, cae al suelo. Los ecos de las balas ya han pasado, el olor a pólvora permanece en el ambiente aún. Agacho la cabeza, y desciendo el fusil. Aves salen de las tapias, asustadas ante los disparos, parecen llevarse el alma de estos desgraciados.
Yacen las víctimas inertes, casi inertes, un nuevo disparo, en la cabeza, en el cráneo, significa el adiós definitivo para aquellos que habían tenido la osadía de sobrevivir al primer intento de acabar con su vida. Suena el traqueteo, cadencioso, inexorable, del llamado tiro de gracia, que lleva a cabo el comandante, quien ordenó segundos antes llevar a cabo tal atrocidad, completando la humillación definitiva del que no se puede defender.
Los soldados, que han ejecutado las órdenes de quienes deciden el futuro, el destino, de una persona, se marchan del lugar. Se acabaron los disparos, el comandante ordena recoger todo y marcharnos, por lo que nos levantamos, y vamos a recoger nuestros artilugios. Nos encaminamos al camión, la puerta trasera está abierta, el motor comienza a rugir.
Una última mirada para atrás, para observar las secuelas de nuestra acción, y veo como los muertos son desatados, para que entren mejor en las cajas, donde son introducidos por dos hombres; otro, con un martillo en la mano, empieza a clavar las tapas. Ya son historia, el ser humano dejó de existir. Las cajas son subidas al camión preparado al efecto. El camión, una vez completo, abandona el lugar, hacia una ruta desconocida, el descanso eterno será ignorado.
Nos subimos al carruaje que nos lleva al cuartel, para desayunar, pero ¿qué voy a desayunar?, tengo el estómago cerrado. Necesito salir de allí, olvidar, esperar que no me llamen de nuevo. La mañana es muy complicada, es dura, las imágenes del miedo, del temor, los disparos, retumban en mi cerebro. A algunos compañeros les veo satisfechos. Cuentan su hazaña, como si fuese eso, una proeza, una heroicidad, cuando es la mayor cobardía posible.
A la hora de la comida, el estómago da una tregua y permite que coma algo, pero la boca se niega a articular palabra alguna, el cerebro está bloqueado, el corazón hundido, compungido. Las fuerzas son escasas. Hora de la siesta, terrible momento, es cerrar los ojos y ver cadáveres, sangre, lloros, gestos lastimeros, brazos que se extienden buscando mi ayuda, yo huyo, corro, están más cerca cada vez más. Me despierto, ha sido un sueño, una pesadilla, un horror.

