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lunes, 26 de mayo de 2014

DESAZON

Siempre la misma liturgia, siempre el mismo proceder. Todos los días iba a comprar a aquella tienda, siempre había una excusa, todo con el único fin que aquella muchacha, que aquella joven le atendiera. Y es que se había quedado prendado de ella. No importaba si aquel establecimiento era más caro o más barato que los restantes que había en el barrio. Solo tenía un motivo para ir allí: Su presencia. Solo había intercambiado con ella breves conversaciones, poco más allá del mero lenguaje entre un cliente y un vendedor, vendedora en este caso. Apreciaba su cara, para él, perfecta; degustaba su sonrisa, siempre presente; se dejaba embargar por esos ojos que brillaban de belleza; sentía esas manos que él había tocado alguna vez, cuando le daba dinero, y disfrutaba igual que si acariciase la seda. Nunca se lo daba exacto para poder vivir ese roce.
Siempre, antes de entrar, miraba si estaba ella, observaba, buscaba su presencia, con el único objetivo de oír su voz, para mirarla, para sentirla cerca de él. Más de una vez había pensado que debía actuar, que debía intentar acercarse a ella, que debía dar el paso definitivo, buscando manifestarle sus sentimientos. Estaba decidido, no iba a tardar ya mucho en hacerlo.  Pero esa mañana no estaba, esa tarde tampoco. Al día siguiente tampoco, y así durante tres días más. Tres jornadas en las que se iba a casa sin haberla visto, solo con su recuerdo. ¿Qué podría estar ocurriendo? ¿Tendría el jefe más tiendas y la habría mandado a otra? Estaba desazonado, no sabía qué ocurría.

martes, 11 de marzo de 2014

VIDA MARCADA

Este relato que publico, VIDA MARCADA, es el que presenté al último certamen de Relatos Cortos "Día de la Mujer", convocado por el Ayuntamiento de Navalmoral. El mismo no fue premiado porque, evidentemente, los había mejores, pero yo quería hacer mi aportación con esta historia. Espero que os llegue. Si pincháis sobre el título de la canción, podréis acceder al vídeo de la misma.
La pomada, la crema, el ungüento, no oscurece el exceso de la noche anterior. Mi ojo amoratado se ocultará tras las lentes, casi opacas, de las gafas de sol, que no buscan la estética, a la hora de salir, buscan esconder la vergüenza, el castigo por mi mal comportamiento, por no ser una buena mujer, una buena esposa.

Solo el espejo me escucha, solo el espejo me ve, es el único que percibe los cambios de color de mi piel, la violencia que deja su huella en mi brazo, en mi pecho; la marca de la mano en mi espalda, la sangre retenida en mi pierna.
Debo cambiar, debo ser mejor esposa, no debo portarme mal, debo doblegar mi rebelde carácter; él es quien manda, es a él a quien me debo; a él le tengo que obedecer. Mi mundo debe ser dentro de las paredes de mi casa. Salir, lo justo, lo necesario. Hablar con otros hombres, es un pecado, está prohibido, no está bien; quien lo hace es que busca algo, es porque le falta algo. Yo lo tengo todo en mi casa.
Anoche me volvió a recordar “si no estás conmigo, no estarás con nadie”; ¿cómo puedo llegar a plantearme, ni siquiera, una vida fuera de este hombre?, si, ante los ojos de Dios, le juré fidelidad y estar con él el resto de mi vida; “sierva te doy”, dijo el cura y eso es lo que soy, una esclava, en este mundo, fuera de mi familia, de mis amistades, sola, dependiendo en todo de lo que él decida, porque él es el que sabe, yo no valgo para anda, bueno sí, para cocinar, para limpiar, para ser el desahogo de sus deseos y tensiones sexuales.

“y dónde puedes ir cuando tú sabes bien que irá a por ti
Como vas a gritar si sabes que nadie te escuchará
Todos dirán vaya exageración no será tanto no
Mientras esculpe a golpe de puño su nombre en tus huesos
Mientras te tapa la boca y te aplasta un cigarro en el pecho”

jueves, 14 de noviembre de 2013

EL CEREMONIAL


Tras una larga y agotadora jornada laboral, condicionada, como casi siempre, por las tiranteces con intransigentes, que solo critican lo que haces y dices, cuando ellos son los que son merecedores de los mayores reproches, y aderezada con otros especimenes que buscan amargar la vida de los demás, anoche, tocaba plegarse a una de esas reuniones ceremoniosas que tanto odio, o que tan poco me gustan, según se mire, y lo quiera interpretar aquel que acceda a este texto.
Y es que anoche, obligado por las circunstancias, debía enfrentarme a una cena en familia. Familia, un concepto que casi nadie sabe o puede definir, y cuyo valor se ha desvirtuado con el tránsito del tiempo, en esta nuestra sociedad cada vez más individualista, cada vez más egoísta, y cada vez más dada a placeres individuales, que a compartir encuentros en sociedad.
Y es que ante esta situación, cada uno debe proceder a abrir las puertas del armario de su alma, para ponerse el disfraz de la hipocresía, del cinismo, que hará posible acomodarse a la situación de estar rodeado de individuos a los que te unen ciertos lazos familiares, aunque pocos nexos de confianza, y en otros casos, hasta circunstancias inamistosas.
Los convencionalismos saltan a la palestra en estas circunstancias. Hay que ser educado, considerado, debes evitar el caer en provocaciones, no debes incitar a que nada altere la pretendida tranquilidad de este escenario, de esta situación, el barco debe navegar por aguas serenas.
Todos los que nos sentamos a la mesa en este evento, constituimos un catálogo de personajes dignos de ser radiografiados, uno a uno, y es que todos tenemos nuestros defectos, unos mayores, otros peores, y según preguntes a uno o a otro, te darán una respuesta totalmente diferente al anterior; pero yo no, no caeré en esa tesitura en este momento, y opto por seguir tomando una actitud camaleónica para que se observe como normal la situación.

martes, 24 de septiembre de 2013

BUSCANDO EL MAR

No habrá tercera parte, no habrá reposición.
Ni llamadas nocturnas a tu buzón de voz.
No más impertinencias, ni siquiera un perdón.
Abriste diligencias, espero ejecución.

La mano abandona la cintura, lugar en el que reposaba durante largo tiempo, y, al inicio de la canción, empieza a subir por el costado, buscando el pecho de su compañera. Un beso en el cuello, fue el siguiente paso; María sintió como se erizaba el vello; la subida, el deslizamiento de la mano, convertido en caricia, la gustaba; después, su pecho sintió el contacto de su pareja. En un principio, en ese momento, la chica hace un leve intento, un tímido movimiento de su mano, para hacerle desistir, pero después, instantáneamente, aparece la excitación, y surge la rendición. En este momento, ladeó un poco su cabeza buscando aproximarse más a él. Contactaron ambas caras. Se besaron efusivamente, las manos se iban a partes del cuerpo que eran ignotas para ambos. La excitación de ambos era máxima; sus deseos, sus anhelos, estaban desbordados. Sentía como su pareja estaba completamente desbocada, que iba a ser difícil parar esta situación, que hacerle desistir iba a ser prácticamente imposible. Sabía que había llegado el momento, llevaban ya un tiempo, había complicidad, había amor, existía el deseo por ambas partes; pero lo que estaba claro era que éste, sin duda, no era el lugar. Algo le dijo al oído. Asintió con la cabeza, miró a la joven y detuvo su ataque. Después del concierto, habría tiempo, y todas las puertas se abrirían.

No aguantaré el paraguas en pleno chaparrón.
La historia hace aguas y soy mal nadador.
Que mientan los poetas cuando hablen del amor.
Que callen los cobardes como me callo yo.

Sabía que el final estaba cerca, que todo lo que había vivido hasta entonces, lo que había compartido con él, estaba próximo a su terminación. No soportaba la situación. Pensaba que el futuro tenía más puertas que abrir, más lugares que explorar; desde luego estar a su lado era estar recluida, sentirse una esclava; se estaba convirtiendo en la protagonista de una historia sin sentido, que no iba a ningún lado, percibía que su libertad, su expansión, había quedado reducida a la mínima expresión. No buscaba el momento para estar a solas con él, más bien lo evitaba; una excusa, un argumento, todo era válido para impedir esa situación. La sonrisa, la felicidad que si un día llegó a estar en la primera línea de la relación, hoy no dejaba de ser un lejano, un casi inexistente, recuerdo.  El contacto físico había desaparecido hacía ya tiempo, esa llama que denominan amor se estaba apagando, no había leña suficiente para avivarlo; ni la pasión, ni un beso, ni un abrazo azuzaban el fuego para que este no se consumiese; se habían convertido estos gestos en elementos ya desconocidos, ya perdidos. Notó la mano encima de su hombro, miró de reojo hacia ese peso que le molestaba, y con un leve giro, se quitó la mano de encima; él la miró, ella tarareaba la canción. Se acercó a ella para darla un beso, se llevó la copa a la boca. Pensaba, buscaba el porqué, cómo habían llegado a esta situación; intentaba preguntar a su corazón, que era lo que le había alejado definitivamente de él, pero no encontraba respuestas, hasta la memoria parecía aburrida, no quería recordar aquellos buenos tiempos, si los hubo alguna vez. Solo su alma tenía una decisión: el abandono, la huida, el hasta siempre. El final del concierto, significaría el final de la historia.  

sábado, 29 de junio de 2013

SE VENDE

La mañana empezaba a hacer acto de presencia en la calle, estrecha, recta, donde se agolpaban, adosadas unas a otras, las viviendas, todas iguales, con la misma fisonomía.
La casa, que permanece cerrada desde el comienzo de la vida en la urbanización, levantó, a modo de guiño una de sus persianas, y allí aparecía el cartel, llamativo, presente, con la leyenda SE VENDE.
La gente se empieza a echar a la calle, para ir a sus tareas, a sus trabajos, a sus quehaceres. El primer vecino que pasa por delante de la casa, Serafín, no puede evitar mirar hacia la ventana y observa el cartel, “¿qué habrá ocurrido?, ¿porqué llegan a esta situación?, si aquí se vive de maravilla”. Al momento se acerca Visi, la vecina de la tercera vivienda y se queda mirando, junto al anterior, e inician la obligada conversación.
- Claro, si es que no puede ser, quien mucho abarca, poco aprieta, apunta Serafín, han querido vivir por encima de sus posibilidades, y ahora se han dado cuenta.
- Pues para mí, dice Visi, que se van a separar, yo no los veo a los dos juntos, siempre viene uno u otro, por separado, y nunca a la vez, y como ya no les interesa, pues eso la venden y cada uno por su lado.
- No, hombre, que sí, que van juntos, que los he visto yo, que los que les pasa es que no pueden hacer frente a los gastos y se la tienen que quitar del medio.
- Podría ser, pero, vamos, que te digo, que después de esto, cada uno por su lado, si no al tiempo.
Cada uno se marcha en busca de sus menesteres, cada uno con sus ideas.
El vehículo se adentra en la estrecha calle buscando su vivienda, al llegar a la altura de la vivienda portadora del cartel, reducción de velocidad, y a quedarse, pasmado, mirando el anuncio. Un giro de mirada sirve para poner recto el coche que buscaba colisionar con el bordillo de la izquierda. Cuando entre en su casa Fernando, ya tendrá conversación con su mujer.
La noticia va trascendiendo, y al final de la tarde, ya se da por conocida la noticia en todo el vecindario, y así, las elucubraciones van creciendo en forma exponencial.
Por la noche, aprovechando la bonanza del tiempo, se inician los paseos de los vecinos, se empiezan a juntar, y ahí vuelve a surgir el asunto principal de la jornada, la venta de la vivienda número 9, la de Arturo y Magdalena, la del matrimonio de operarios textiles que se embarcó en la adquisición de una nueva casa.

domingo, 26 de mayo de 2013

MEMORIAS OLVIDADAS

La puerta consiguió ceder al impulso definitivo de mi mano. Siempre que la humedad hacía acto de presencia, ésta se agarraba al marco como un novio a su amada, y tan solo la fuerza bruta de un buen golpe, o un empujón, hacía que, finalmente, consiguiera abrirse. 
Allí estaba, dentro de la casa, donde mi padre vivió sus últimos años, en soledad, desde que Benita, su esposa, su compañera, mi madre, le abandonase víctima de aquella cruel enfermedad, que la tuvo postrada en una cama, más de tres largos e inagotables años, en los que mi padre, día tras día, noche tras noche, siempre estuvo a su lado. Su sonrisa cuando se despidió de él, es muestra más que suficiente del agradecimiento y del amor que le profesó por esta entrega sin contrapartida, totalmente altruista. 
Ayer, mi padre, acabó pasando las puertas de una residencia geriátrica. Sus recuerdos, su memoria, iban desapareciendo de su cerebro; por más que quisiera, por más que luchara, todo se olvidaba, nada se recordaba, la propia imagen de su mujer, de su amor, fue desapareciendo paulatinamente, despiadadamente, de su cabeza. 
La imposibilidad de poder atenderle, como él se merece, por todo lo que ha hecho en esta vida, por su incansable entrega, por sus horas y horas peleando en el campo, contra la climatología, quitando horas de su sueño, de estar con nosotros, para poder darnos el futuro que hoy tenemos, ha hecho que tengamos que tomar esta dura decisión. Solamente nos reconforta el saber que será atendido correctamente, que todo aquello que necesite lo tendrá a su alcance. Las visitas no faltarán, siempre estaremos ahí, se lo merece. 
La casa tenía el orden de mi padre, de un hombre, que cuando ya se retiró del campo, cuando dejó la vida rural, y se metió en su casa, con su esposa, gustó de la tranquilidad, de vivir bien, de pasear, de salir, de conocer lugares, siempre con su mujer. Hasta que el discurrir de la vida, le obligó a quedarse en su casa. Se tuvo que hacer cargo de toda la intendencia de la vivienda, no quiso que nadie le ayudase, él debía saber hacerlo y a fe que lo consiguió. Nadie le pudo poner nunca una tacha por algo que le faltase. 
Solo esta lenta condena a la que su cerebro le ha condenado, hizo que se fuera desentendiendo de todo lo que le había caracterizado, pero en los momentos de lucidez, cuando volvía a ser él, D. Remigio, la casa volvía a convertirse en su imagen, pulcra, ordenada. 
Había que recoger todo, limpiar lo que no estuviera limpio, muy pocas cosas; tirar todo aquello que no sirviera, dejarlo todo preparado. Hasta que él no faltase no se iba a decidir nada sobre aquella vivienda, sobre su futuro. 
Me encontraba allí, en aquella vivienda, en nuestra vivienda solo, sin nadie, oliendo, respirando, los recuerdos que aún perduraban, el recorrido de una larga vida, porque esta fue la única casa que mis padres tuvieron, en la que nacimos y vivimos todos, hasta que poco a poco, por un motivo u otro, de una forma u otra, fuimos saliendo de la misma, unos, los hijos, con destino a hacer nuestras vidas, otros con destino al descanso definitivo, mi madre.
La casa, de campo, situada a las afueras del pueblo, era grande, con techos altos, que lucía paredes siempre encaladas en blanco. Vestía el salón una gran chimenea, que en invierno daba calor a toda la estancia; al lado, y desde hacía unos años, se levantó un muro, con una puerta, por la que se accedía a la cocina; allí había una  puerta que salía a la parte de atrás de la vivienda, donde, en tiempos, hubo varias gallinas, y algún que otro cochino, que acababa, por el mes de diciembre, convertido en carne para el invierno para toda la familia. Desde la cocina, a través de una ventana, se alcanzaba a ver la tierra que mi padre trabajó, a lo largo de su vida, hasta que ya, cansado, hastiado, y con la satisfacción del deber cumplido, decidió abandonar. 

domingo, 12 de mayo de 2013

CUENTO (CASI) IMPOSIBLE IV

        Si uno se sorprendiera de las cosas que a uno le ocurren, quizás en otros momentos no daría importancia a situaciones, a hechos que no han lugar.
El sol había decidido mitigar el implacable acoso que sobre el asfalto sometía a todo aquel que se atrevía a salir a la calle. Las sombras eran espacios privilegiados, el sudor resbalaba por los cuerpos, el frescor de una bebida, inmersa en hielo, reducía, por momento, la sensación térmica, el calor.
Era sábado, por la tarde, y por haber estado toda la jornada metido en casa, bajo las cuatro paredes de mi vivienda, al refugio de la implacable solanera, ahora no tenía otra opción que la de tener que salir a comprar, porque si no, el fin de semana iba a tener pocas vituallas en la nevera con las que poder hacer frente a toda la semana, porque, debido a mi jornada laboral, larga, intensa, por mor de una decisión más que cuestionable, tanto desde el punto de vista legal, como moral, de mi excelso jefe, entre semana me era imposible hacer las compras que debía hacer. Y solo los sábados, debido a la amplitud de horarios de los centros comerciales y supermercados, me permitían hacer la compra con más tranquilidad, pero claro, esa tranquilidad se tornó ansiedad, ya que las horas iban cayendo en el reloj, y yo sin hacer el acopio.
Ahora era el momento, no había excusas, debía hacerlo, debía salir a realizar el aprovisionamiento, y tras una ducha, con la que salí algo más fresco, me puse ropa de bonito, y salí a la calle. Allí estaba mi vehículo, debajo de unos árboles, me daba pena moverlo ahora, porque este espacio que daba la espalda al sol, sería rápidamente ocupado por otra persona, que colocaría su automóvil en el lugar. Pero es lo que tocaba en este momento, intentaría, después, aparcar en otro lugar que también ofreciera resguardo del Lorenzo en las horas más intensas de la jornada. Eso sería otra batalla.
El coche, a pesar de estar en la sombra, era un buen receptor de calor, y el interior olía a calor, a temperatura alta, a una sensación que te impregna de sudor, según te metes en él. Así que lo primero, arrancar el coche y activar, prioritariamente, el aire acondicionado, a máxima potencia, buscando refrescar, a la mayor velocidad posible el interior. Pero lo que se recibe nada más empezar es un fogonazo, un golpetazo de aire caliente, que sacude todo el habitáculo. Después, poco a poco, el aire frío va saliendo, las manos se ponen junto a la rejilla del aire buscando ese frescor, que no frío, que vaya relajando la situación. Ya parece que el coche se va enfriando, cojo un pañuelo y limpio el sudor que corre por mi frente, abandonando el aparcamiento, lanzándome a la lengua de asfalto que me ha de llevar al Centro Comercial, al Supermercado. Casi ningún vehículo transita a estas horas por las calles, la localidad está recogida en las casas, en la sombra. Otros han buscado el solaz y la relajación de la piscina, donde el agua de la gran bañera ayudará a relajar la sensación de esa alta temperatura que está machacando en estos días a la zona. Desde luego, calor, lo que se dice, calor, un montón el que hace.

viernes, 5 de abril de 2013

DESAMOR

Habían salido a tomar un café y, después, se fueron con unos amigos. La había notado algo rara, podrían ser los exámenes. No hubo apenas complicidad entre los dos en toda la tarde. Una vez se fueron los amigos, ya quedaron los dos, fue entonces cuando María le dijo que se había acabado, que la vida a su lado ya no era entendible, que la habían exprimido muy deprisa y que ya no quedaba ninguna gota. No pidió explicaciones, el aturdimiento no le dejaba, miró a todos los sitios, menos a ella. Dejó el vaso encima de la barra, soltó un billete y se fue. Salió del bar, el aire húmedo del atardecer, sacudía su cara. Su vida se desmoronaba por momentos; la que parecía una relación para toda la vida, acabó esa tarde.
Pensaba que todo moría en ese momento, no servía para nada lo anteriormente vivido. Los años que llevaba con María habían sido una apuesta a ganador, a la ilusión par toda la vida, pero todo había desaparecido en ese momento. ¿Qué sería de su vida de ahora en adelante?, ¿dónde iría a caer su corazón?, si es que alguna vez encontraba un lugar donde descansar. Cruzaba por el puente de la circunvalación, el puente que separaba su pasado de su futuro, su presente estaba ahí, no quería mirar para atrás, aterrorizado pensaba en el futuro. Se detuvo, miraba los coches que pasaban a gran velocidad, como sus recuerdos, sus momentos de felicidad, su vida. Todo lo que había dejado a lo que había renunciado. El móvil, el anillo, la pulsera, fueron arrojados a la calzada, los coches que pasaban machacaban los recuerdos. Las fotos, en mil pedazos, volaban al aire, el pasado se iba perdiendo.
La noche hacía acto de presencia, y todo era un andar sin saber dónde, miraba arriba, miraba abajo, pasó por el parque. Allí, aunque él no quisiera, notaba la presencia de parejas, refugiadas en la penumbra que daban las farolas del lugar. Estaban besándose, abrazados, recostado uno sobre el otro, viviendo su amor con frenesí, como él también lo había hecho en multitud de ocasiones. Las lágrimas se resistían a quedarse en los ojos y, de vez en cuando, brotaba alguna.

miércoles, 13 de marzo de 2013

LA AVERIA


El tren transitaba por los raíles de forma monocorde, el traqueteo en los vagones se dejaba notar al pasar por las nuevas vías. La noche era dominante; una luna redonda, blanca, brillante, iluminaba el firmamento.
El tren se desvía por la antigua vía, casi en desuso, y la locomotora se para, detiene su estridente ruido, el motor deja de sonar. Las luces se vienen abajo. Todo es intranquilidad por la incertidumbre del suceso. Alguna voz se deja oír, algún grito se lanza al aire. “¿Qué pasa?”, vocifera uno. Al instante sube un hombre de uniforme. Vagón por vagón, cuenta lo mismo: una avería en el sistema eléctrico ha obligado a detener al convoy y se desconoce el alcance real de la misma. No se sabe aún la solución a tomar, ya que todo depende de la importancia del percance, y tampoco se conoce cuándo se dará la solución definitiva, dadas las horas que son.
La gente baja paulatinamente del tren. Al menos, es verano, y aunque son casi las tres de la madrugada, se puede estar a la intemperie. A los pocos minutos, las luces de la vieja estación ya están encendidas. Parece ser mucho más temprano por la animación existente. Al instante, la cantina se pone a funcionar, recogiendo a todos los viajeros que han sufrido el contratiempo.
Estoy aún ligeramente dormido. El Jefe de Estación me despierta, me incorporo, me cuenta lo sucedido, busco mi libro, lo encuentro, se halla caído en el suelo. El sueño me venció y la lectura se detuvo. Toda la historia, con sus sentimientos, matices, escapó de mis manos y besó la dura tarima del vagón. Lo cojo e, instintivamente, hojeo las páginas. Las letras siguen en su sitio, supongo que la historia también.
Aún adormilado, sin saber reaccionar ante todo lo sucedido, recojo mi pequeño bolso de viaje y me apeo; cuando pongo el pie en el andén me recibe una ligera brisa. El cartelón azul que anuncia el nombre del pueblo recoge un topónimo, cuya lectura provoca en mí una sensación entre la incredulidad y la violencia: SAN ESTEBAN DE MIRRA. El pueblo del que salí hace ya unos años, y al que prometí no volver. No sabía que este tren pasara por aquí.

sábado, 18 de agosto de 2012

CUENTO (CASI) IMPOSIBLE III

El valle del Beludón, junto al lago del mismo nombre, donde tres de los grandes ríos de la zona vienen a morir, es el lugar elegido por las tropas atacantes, para apostar sus fuerzas. Allí, durante tres interminables jornadas, las fuerzas que quieren romper el orden establecido, han estado montando una pequeña gran ciudad. Durante estos tres días, cientos, miles de hombres, han ido llegando al lugar. Para el día señalado, a la hora indicada, todo debe estar preparado.
La ciudad, perfectamente cuadriculada, plenamente organizada, viste el terreno con grandes tiendas de lonas, de pieles, multicolores. Más arriba, bajo la arboleda, y cerca de la llegada del río Belinor, los caballos descansan en sus improvisados establos, perfectamente atendidos por los criados destinados a este menester, esperando ser utilizados para entrar en la batalla. Más allá, las zonas de entrenamientos de los guerreros. Y algo apartado, sobre la pequeña península que se forma sobre el lago, algo alejado, y a la vez, protegido, de la soldadesca, la zona noble, donde pernoctan el emperador y su séquito, junto al estado mayor de las tropas, los grandes generales, los estrategas, los que van a guiar las tropas hacia el seguro éxito que busca el gran Fara, el emperador, el grande, el cruel, el magnánimo, todos los calificativos le son de aplicación, según el momento en que te cruces con él. Le acompaña su hijo, su sucesor, Canfara, hombre más astuto, más vehemente, empiezan a asomar las barbas incipientes en su cara, sus ojos azules tienen la venganza, la sed de batalla, de conquista.

miércoles, 11 de julio de 2012

GUERRA DE MUJER

Aquí os dejo un relato, que ya escribí hace tiempo, y que hoy me he decidido a publicar.
Una mañana, un día, quién sabe cuándo, estalla un conflicto por una simple diferencia de raza, religión o, simplemente, forma de pensar. Todos los hombres quedaron encasillados en un bando, contrario a otro, a otros que se habían formado.
Nuestra protagonista vive en una pequeña población, en la ladera de las grandes montañas del país, en un lugar que en su día se perfilaba como ejemplo de convivencia y tolerancia, una zona paradisíaca, que en aquel fresco verano lucía un verde brillante que hacía más contagiosa la sensación de paz y bienestar. Pero todo esto desapareció cuando se dinamitó la guerra fratricida; aquel día, la tolerancia, la convivencia se olvidó, y todos fueron a degüello; las persecuciones, las huídas se convirtieron en el pan nuestro de cada día.
Cuando unos llegaban a impartir su pretendida justicia, aniquilando enemigos reales o potenciales, los otros huían a las montañas, para evitarla. Esto produjo que todo el ambiente entrase, de forma rápida, en una espiral de inusitada violencia, y el marido, al igual que todos los hombres, tuvo que huir, alistarse con un bando, nunca se sabrá si más o menos perdedor, porque en estas guerras nadie gana.
Nunca más volvió, ni vivo ni muerto, y cuando ve a alguno de sus compañeros, pregunta por él, pero nadie sabe o quiere decir nada.
Su hijo marchó en busca de él, una mañana temprano, cuando el sol empezaba a bañar el valle, y tan sólo tardó en regresar una semana, aunque lo hizo eternamente dormido, en una caja de madera; durante una noche entera su madre, y su joven esposa, le velaron desconsoladas; el entierro, algo habitual en aquellos lares, fue rápido y sencillo, entre el incesante ruido de pesadas bombas que se oían por doquier. 

lunes, 14 de mayo de 2012

¡¡FUEGO!! (INDIGNIDAD)

Aquí os dejo la tercera y última parte de mi relato INDIGNIDAD. Con ella concluyo con una historia, con una sucesión de sensaciones que ojalá no volvieran a surgir en este nuestro país, y que fuese desapareciendo de los lugares donde sucede. Muchas gracias a todos aquellos que lo habéis leido.
¡¡Fuego!! Aprieto el gatillo, cierro los ojos, no quiero ver, quiero acabar ya. La retahíla de balas abandonan las bocas metálicas de los fusiles, silban en su viaje por el viento, trayecto corto, intenso, mortal; el pecho del condenado es el freno de su marcha. La sangre se resbala y sale por el orificio provocado. El hombre, la mujer, el joven, el anciano, que más da, cae al suelo. Los ecos de las balas ya han pasado, el olor a pólvora permanece en el ambiente aún. Agacho la cabeza, y desciendo el fusil. Aves salen de las tapias, asustadas ante los disparos, parecen llevarse el alma de estos desgraciados.

Yacen las víctimas inertes, casi inertes, un nuevo disparo, en la cabeza, en el cráneo, significa el adiós definitivo para aquellos que habían tenido la osadía de sobrevivir al primer intento de acabar con su vida. Suena el traqueteo, cadencioso, inexorable, del llamado tiro de gracia, que lleva a cabo el comandante, quien ordenó segundos antes llevar a cabo tal atrocidad, completando la humillación definitiva del que no se puede defender.
Los soldados, que han ejecutado las órdenes de quienes deciden el futuro, el destino, de una persona, se marchan del lugar. Se acabaron los disparos, el comandante ordena recoger todo y marcharnos, por lo que nos levantamos, y vamos a recoger nuestros artilugios. Nos encaminamos al camión, la puerta trasera está abierta, el motor comienza a rugir.
Una última mirada para atrás, para observar las secuelas de nuestra acción, y veo como los muertos son desatados, para que entren mejor en las cajas, donde son introducidos por dos hombres; otro, con un martillo en la mano, empieza a clavar las tapas. Ya son historia, el ser humano dejó de existir. Las cajas son subidas al camión preparado al efecto. El camión, una vez completo, abandona el lugar, hacia una ruta desconocida, el descanso eterno será ignorado.

Nos subimos al carruaje que nos lleva al cuartel, para desayunar, pero ¿qué voy a desayunar?, tengo el estómago cerrado. Necesito salir de allí, olvidar, esperar que no me llamen de nuevo. La mañana es muy complicada, es dura, las imágenes del miedo, del temor, los disparos, retumban en mi cerebro. A algunos compañeros les veo satisfechos. Cuentan su hazaña, como si fuese eso, una proeza, una heroicidad, cuando es la mayor cobardía posible.
A la hora de la comida, el estómago da una tregua y permite que coma algo, pero la boca se niega a articular palabra alguna, el cerebro está bloqueado, el corazón hundido, compungido. Las fuerzas son escasas. Hora de la siesta, terrible momento, es cerrar los ojos y ver cadáveres, sangre, lloros, gestos lastimeros, brazos que se extienden buscando mi ayuda, yo huyo, corro, están más cerca cada vez más. Me despierto, ha sido un sueño, una pesadilla, un horror.

lunes, 7 de mayo de 2012

¡¡APUNTEN!! (INDIGNIDAD)

Os dejo la segunda parte de mi relato genérico INDIGNIDAD, bajo el título de ¡¡APUNTEN!!.
Un golpe en el hombro me despierta, estaba profundamente dormido, pero me tengo que levantar. Sin apenas hacer ruido, abandono el camastro, me pongo el pantalón y las botas, todo sin abrochar; la camisa y la chaqueta sobrepuesta. En la sala de entrada a la compañía, donde acabo de llegar, están mis compañeros. Nos terminamos de arreglar, nos ofrecen algo parecido a un café, que, al menos, te hace entrar en calor, porque a estas horas, rondando las seis de la mañana, con el sol aún escondido, la temperatura es baja, y no viene nada mal algo que entone el cuerpo.
Cogemos los fusiles, y nos marchamos para fuera. Efectivamente, la mañana, el final de la noche, más bien, te recibe con un ligero aire que refresca aún más, que engaña el calor que luego va a hacer durante toda la jornada.
Ya nos está esperando el camión, para el traslado. Subimos, uno a uno, a la parte de atrás, en silencio, será por la hora, por lo difícil de la situación, por el momento. Unos bancos de madera serán nuestros asientos. Arranca, el ruido, estridente, sonoro, rompe la quietud de la noche. La puerta del Cuartel se abre y ahí salimos. En el asfalto el viaje se puede considerar placentero, cuando menos. La ciudad, lo que hay de ella que pueda ser considerado mínimamente útil, está en completo silencio. Alguna luz en las calles da una sensación, falsa, de iluminación. Ya vamos saliendo de la urbe, y las últimas edificaciones nos despiden, las luces desaparecen, solo existen las de nuestro transporte. Giro a la derecha, y entramos en un camino. Aquí el camión se tambalea, se mueve, se notan los golpes de los bancos de madera en nuestras posaderas, nos apoyamos unos sobre otros, obligados por las oscilaciones del vehículo, aun cuando la velocidad es reducida.
Se acaba el tortuoso camino, y paramos. Al final, es una liberación salir del camión, y todos, en fila, nos encaminamos hacia un lugar señalado por piedras, y en cuyo centro se ven los restos de una hoguera, a la que sucederá otra que vamos a hacer ahora. Miro alrededor, y detecto una serie de bultos, perfectamente geométricos, no sé lo que son exactamente. La pastilla, la cerilla, las tablas y, ya está, la fogata. Todos sentados, alguno se decide a hablar, a decir alguna tontería, algún dicho, alguna sandez. Otros permanecemos en silencio. Ahora si veo lo que son, son cajas de madera. El ahogo interno va creciendo, la sensación de temor, de pavor se va apoderando de mí. Algunos ríen, otros cantan, otros hablan, otros estamos pensativos, serios.
Arriba al lugar un vehículo oscuro, de cierto lujo, y una vez se detiene, sale del mismo el comandante, acompañado por el sacerdote y otro militar, un capitán, que lleva un portafolio. Nos dan los buenos días, o las buenas noches, y se retiran hacia un lado, con el sargento que nos acompaña, donde hacen un pequeño corro y cuchichean. Después, el sargento se acerca y nos da a cada uno media docena de balas, ordenándonos que las pongamos en los fusiles. Así que todos, en silencio, hacemos lo mismo; solo los golpes de las balas al alojarse en su compartimento, y el crepitar de las llamas, rompen el callado momento. Ya están preparadas las armas. 

viernes, 4 de mayo de 2012

¡¡CARGUEN!! (INDIGNIDAD)

Aquí os dejo el primer relato de la trilogía escrita por mí, a la que he llamado INDIGNIDAD. Este primero se llama CARGUEN. Próximamente publicaré el segundo, APUNTEN, y cerraré el círculo de esta serie con FUEGO. En realidad es un único texto, que he dividido en las tres partes, para hacer más fácil su lectura. Ojalá nos podamos poner en el pellejo del protagonista del texto, y no volvamos a caer en estos errores. Es un texto realizado desde la reflexión de una situación. Espero os guste.

Las banderas, los estandartes, los símbolos, lucen en las maltrechas calles, sobre los deteriorados edificios. La confrontación, la guerra, el enfrentamiento cesó. Ahora viene la paz. Pero será la paz de los que ganaron, de los que se han impuesto y que intentarán, y a fe que lo conseguirán, imponer sus doctrinas, sus ideas, su ley, particular, propia, partidista, e impondrán el yugo de la represión sobre los derrotados, los obligarán a renunciar, aunque sea públicamente, a sus ideales, a su forma de ser, vivirán en el ostracismo, en el abandono, con el dedo señalándoles permanentemente.
Habrá puertas que no se les abrirán nunca, instancias a las que no podrán acceder, derechos y privilegios que no podrán disfrutar.
Para imponer su orden, su ley, aplicarán con mano de hierro, la llamada por ellos Justicia. Lo harán de forma inmisericorde, y se llevarán por delante lo que haga falta. El miedo debe calar entre las masas, para que no haya opción a una revuelta, a una protesta, que pongan en duda su autoridad.
Al enemigo, al derrotado, hay que atraerle como las moscas a la miel, debe creer que los victoriosos son buenos, ecuánimes, y bajo la promesa del perdón, del olvido, se les invita a volver a sus pueblos, con sus familias. Muchos les creerán. Una vez llegados, todos juntos, es mucho más fácil detenerles, encarcelarlos, represaliarlos.
Así, hay que ser inflexible, hay que llegar hasta el final hasta el final las represalias y si hay que eliminar, se elimina, se hará todo lo necesario por mantenerse.
Y después de la eliminación viene otro elemento no menos importante, y es que aquellos que han sido suprimidos deben ser desaparecidos, para no crear mártires, para no crear lugares donde ir a adorar, donde mantener viva la llama del recuerdo. Hay que llevar al olvido todo lo que existía anteriormente a la llegada de los vencedores.

lunes, 30 de abril de 2012

VAYA ENTRENAMIENTO (... DE MIERDA)

Jueves, cinco de la tarde, la lluvia ha cesado, tras una larga jornada de agua, que comenzó en la noche de ayer. Así, con el día totalmente nublado, pero sin llover, con una buena temperatura y sin aire, ese que nos ha castigado durante las dos últimas semanas, es el momento ideal para salir a correr. Iré por el camino de San Marcos, enfrente de mi casa, para después salir al Cordel, que, como está arreglado por las obras del AVE, estará divino. De todas formas, me pondré calcetines cortos, y dejaré los compresores, porque me voy a salpicar y luego para lavarlos es peor. Y también me llevaré la gorra, por si llueve.

Así que tras abandonar el asfalto, unos 200 metros, entro en el camino de San Marcos, y, bueno, hay algún charco, pero se pasa bien. Dejado el primer cruce de caminos, me encuentro con el tramo de tierra naranja, el cual es algo más inestable y me está poniendo las pantorrillas llenas de barro. Tengo que ir con un poco de cuidado, pero sigo. Paso la vía y aquí el terreno está mejor. Pero cuando cruzo el arroyo, el terreno se vuelve resbaladizo. Llego al paso canadiense, miro el reloj, 10:40, más lento que otros días, y es el que el camino está más pesado. Voy hacia la pista que me lleva al Cordel y, al principio, bien, pero cuando ya paso un nuevo camino, el pisar el terreno se convierte en una aventura, el pie se va hacia un lado, te resbalas, te puedes caer. Así que decido empezar a andar, miro mis zapatillas y solo veo barro, aunque debajo se adivinan unas buenas alpargatas. Vuelvo a iniciar la carrera, y me juego el tipo nuevamente, y es en este momento cuando decido que voy a tener que irme por la Aguada para el camino del desguace y llegar a casa, porque con estas trazas, me puedo romper; al fin y al cabo, me queda poco para salir al Cordel, en el que se podrá correr agusto.

lunes, 12 de marzo de 2012

CUENTO (CASI) IMPOSIBLE II

El despertador que suena, repentinamente, una mañana de domingo, es apagado rápidamente, y salgo rápido de la cama, ya que no es día para molestar a la mujer. Cuando aparezco en el salón, donde tengo todos los archiperres, el sol ya estaba en lo alto. Me asomé a la ventana, y observé que el viento, ese fenómeno que yo siempre miro, y siempre temo, antes de calzarme mis zapatillas para entrenar no estaba presente. Así, que con mi liturgia cotidiana cuando voy a entrenar, me tomo mi zumo, un plátano, me visto mis mallas, y cojo las llaves del coche.

Hoy voy a entrenar a un camino que me han indicado que está fenomenal, entre árboles y con pocas subidas. Lo único que está a más de diez kilómetros, y es mejor que me desplace en vehículo.

Así que ahí, en la cama, dejo a mi mujer, y en sus respectivos dormitorios a mis hijos, encaminándome al garaje. La mañana está buena para entrenar, nada fresca y parece que se va a poder correr bien. Mis amigos no salían hoy, así que es el momento de aprovechar para conocer nuevos sitios para practicar mi afición.
Salgo del garaje, pongo la música en el coche, y abandono la población por la carretera local que lleva a Aldea de la Vid y hacia la autovía. Paso el cruce y me encamino a la carretera que nos une con la capital. Ya estoy en la doble vía, y a los dos kilómetros escasos, se indica la Salida C-451. Intermitente y por allí me salgo. Una ligera subida, coronas, y te encuentras con una ligera bajada y, cuando terminas, se presenta una rotonda de frente. Me meto en ella, circulo por el lugar que me llevará al camino; salgo, pero creo que no he cogido la salida correcta, bueno ya me meteré un poquito más adelante, y cuando pueda retrocederé y cogeré el itinerario correcto.

El sol va desapareciendo, una inmensa niebla se presenta de frente a mí, miro para atrás, no se ve resquicio de lo que voy dejando a mis espaldas. Apenas hay arcén, no veo el lugar para detenerme y si lo hago en medio de la vía, corro el riesgo de ser alcanzado por otro vehículo que venga por detrás.

sábado, 10 de marzo de 2012

MEDIO MARATON MERIDA

Este debería ser el lugar destinado para la crónica de la VI Edición del Medio Maratón Patrimonio de la Humanidad, que se celebró el pasado día 4 de marzo en la capital autonómica. Pero, aquí os dejo la historia verdadera de ese finde.
Viernes, cinco de la mañana, cuando la noche aún sigue siendo la protagonista, y el sol aún descansa en su guarida, recibo la visita de una amiga muy especial con la que hacía tiempo que no compartía momentos; viene acompañada de unas revoltosas colegas. Miro el reloj, veo la hora qué es y me sorprendo un poco, pero, en fin, que le vamos a hacer, habrá que atenderlas. Eso sí, después de un poco de negociación y un poco de agua, vuelvo a acostarme, que un rato más tarde hay que ir a trabajar.
Me levanto, como cualquier día y me encamino a mi trabajo; parece que estas amigas han decidido marcharse. Así podré ir el domingo a correr a la antigua Emérita Augusta, a la que nunca he faltado desde que se creara la prueba, hace ya seis años, un Medio Maratón que discurre por los principales monumentos de la ciudad, entretenida y en la que, generalmente, he obtenido buenas marcas; así que habrá que relajarse un poco. Pero no, obstante, hago una visita a un importante personaje, un profesional, para qué me diga cómo debo actuar cuando se presentan estas inesperadas visitas, ofreciéndome una serie de herramientas para evitar que estas inesperadas visitas se consoliden. Durante todo el viernes, a pesar de estar mosqueado, no percibo en ningún momento su presencia.

martes, 14 de febrero de 2012

CUENTO (CASI) IMPOSIBLE I

La calle de la Emperatriz rezuma ambiente; los niños corretean hacia la derecha, hacia la izquierda, los padres se paran a hablar con unos y con otros con los que se cruzan. Las madres miran, de vez en cuando, algún escaparate, de vez en cuando, vigilan los movimientos de sus hijos, para no perderlos de vista. Alguna socorre a su hijo que se cayó, y se hizo daño. El niño no llora hasta que no se siente protegido por su madre.

El sol se cuela entre los edificios, que quiebran las alturas de las fachadas, dando un ritmo alternativo a la luz solar, aquí sol, aquí sombra, niños en carritos, niños en bicicletas; los padres, pendientes. Niños correteando, niños andando.

Ahí estoy yo, con mi hijo, Sergio; me encuentro con Pablo y Elena que van paseando a sus hijos, Adrián y Elsa. Paramos en la Plaza de las flores, donde está el quiosco, donde los niños se arremolinan para comprar sus golosinas, sus bolsas, con las que saciar ese hambre que siempre surge cuando ven estos lugares.

Detrás, un pequeño parque, discreto, con unos columpios, un tobogán y un par de artefactos moviles, como todo ingrediente para el solaz y recreo de los pequeños. Está lleno; unos subidos en los columpios, otros en el tobogán, otros sentados con sus madres, comiéndose el manjar recién adquirido.

miércoles, 6 de julio de 2011

LA ANTESALA

Acabo de salir del quirófano. Mis dolores de cabeza son intensos, el cuerpo me duele, la zona donde me han realizado la operación me arde. Abro los ojos. La visión borrosa no me deja ver lo que realmente tengo puesto y en qué situación puede estar.
Percibo, a través de mi borrosa visión, que un señor de uniforme blanco, me agarra el brazo y me clava algo. El dolor es mínimo comparado con el resto de los que recorren mi cuerpo. Se marcha. La penumbra domina la estancia donde estoy.
Poco a poco se va aclarando mi mirada. Veo que tengo varias gomas puestas en mi cuerpo, en mis brazos, en la barra, detrás de un gran vendaje. Un aparato, situado a mi izquierda, hace un ruido constante, un pitido, un zumbido, un pitido, un zumbido, y así de forma interminable.
Acceden mis familiares, mi mujer, mis hijos, preguntan qué tal estoy, cómo me encuentro, asiento con la cabeza, cierro un poco los ojos. Al instante, los abro, ahí siguen; fuera están mis hermanos.
Entra otro señor, de blanco, es el médico, dice a todos los allí presentes que abandonen la estancia, y nos quedamos los dos solos.
Me empieza a palpar, a mirar, los ojos, el pulso, la tensión. Toma notas, lee los folios que trae, y vuelve a tocar, a palpar. Se presenta, es el doctor Herreros; ha sido el que me ha operado. Me dice. Todo ha salido bien, hay que ver la evolución durante las próximas horas.Ahora sí, ahora pasan mi mujer, y mis hijos, me dan dos besos cada uno, mi mujer pone la mano sobre la cama, yo se la agarro, de forma muy débil, ella me ase con más fuerza. Luego pasarán mis hermanos, mis cuñados. La cabeza, con tanto ruido, parece que va a estallar; en voz baja, en voz muy baja, les pido que aminoren el volumen de sus voces. Poco a poco van abandonando el lugar, ya es un poco tarde, y se tienen que ir a comer, y otros pronto iniciarán la marcha a sus domicilios, fuera de la localidad; mañana tendrán que trabajar.

domingo, 12 de junio de 2011

TODO TIENE UN PRECIO

La mañana había amanecido algo fresca, pero con un sol que se iba haciendo dueño de la situación, ayudado con una ligera brisa, invitaba a dar una paseo y eso fue precisamente lo que hice, me puse mi chándal, las zapatillas, y salí a la calle.
Sin rumbo fijo, marché hacia el antiguo camino del horno de acero que en tiempos existió en la localidad, y que contribuyó a dar esplendor a la misma. En el lugar donde estuvo han levantado un pequeño monumento que recuerda la presencia del mismo. Para llegar allí, he pasado por una inmensa zona residencial que parece apoderarse del sitio. Luego, saliendo de este lugar, tomo el camino, en el que proliferan como hongos naves industriales, dedicadas a actividades varias.
Cuando finaliza la hilera de naves que señalan el principio del camino, se entra en una zona de parcelas que se mueren de pena, con pastos altos, y paredes desvencijadas, dando un aspecto de total abandono, pero más adelante, y tras atravesar el arroyo de las liebres, aparece el camposanto, el cual consta de dos partes, una más antigua y una, lógicamente más moderna. La parte vieja, parece un auténtico puzzle, donde las tumbas se ubicaban de forma anárquica, aprovechando cualquier hueco, con pequeños pasillos que intentan dibujar algunas hileras de sepulturas, y para acceder a las interiores, hay que hacer auténticos malabarismos. La nueva, sin embargo, es todo orden y sincronía, las sepulturas perfectamente alineadas, los espacios interiores inmensos en comparación la parte vieja, y la última moda, los nichos, esas estanterías donde se guardaban los muertos, y se les clasificaba como en un tablero de ajedrez, perfectamente colocados contra la pared.En resumen, a un lado el desorden, al otro el orden; a un lado el abandono, al otro el cuidado, dos recintos, dos formas, un solo lugar, el cementerio y una sola persona para su cuidado: Adolfo, el enterrador, hombre ya de edad avanzada, con las muestras del paso del tiempo en su cara, con las heridas de la batalla diaria en el campo santo en sus manos, y con una botella de vino como única compañía.