Habían tardado, pero, ya lo han dicho: hay que recortar en Sanidad y en Educación. Decían que no, que no se barajaba esa posibilidad, que eran intocables estas dos partidas, pero, al final, como se preveía, las atacan de forma inmisericorde.
A esto hay que unir los recortes en las partidas de Dependencia, lo que da, como resultado que el Estado del Bienestar está tambaleándose peligrosamente. El particular Titanic de la protección al ciudadano ha chocado con el iceberg de la intransigencia política, de la táctica del aniquilamiento de la asistencia y cuidado del ciudadano por parte del Estado, que debería ser la piedra angular de todo gobierno que, no se olvide, está sustentado por el pueblo, sí ese que integran las personas, los ciudadanos, quienes les han dado la confianza en el proceso electoral.
El trasfondo es muy claro, está muy presente, es desviar todas las actuaciones que el Estado debería acometer como ente prestador de servicios a las empresas privadas, donde esta panda de legisladores tienen intereses propios, directos o indirectos, a quienes van a ofrecer los servicios a cambio de contraprestaciones económicas. El Estado suelta el dinero, y no se preocupa de su gestión, ni de cómo se presta el servicio, se quita del medio, sus bolsillos se pueden llenar, la garantía de un buen servicio para los ciudadanos desaparece.
Siempre se había dicho que los gobiernos de derecha tiraban hacia el neoliberalismo, hacia dejarlo todo en manos de la iniciativa privada, pero este gobierno, que se dice de centro derecha, prometió, hasta la saciedad, en plena campaña electoral, y hasta hace poco, que eran puntos intocables. Pero unas elecciones ganadas y cien días de poltrona han cambiado las ideas, sino estaban preconcebidas, porque del dicho al hecho se ha pasado casi sin pestañear.
Se amparan, se escudan, en la difícil situación económica, que, según ellos, es mucho peor de lo que pensaban, y que ahora están “obligados”. Pero para otras partidas, éstas no se tocan, y, si se puede, aunque algunas de forma velada, otras de forma descarada, se incrementarán, y, si no, se nombran más altos cargos de los realmente necesarios. Otras instituciones, como la Iglesia, no pierden dinero, sino que lo aumentan.
