Después de correr la Milla de Almaraz, con un crono similar al año pasado (solo dos segundos mejor), seguí con mi rutina de entrenamientos. El domingo, en vez de entrenar por la mañana, y habiéndome levantado tarde, lo dejé para las horas vespertinas. Y así lo hice.
Luego vino una semana con bajada de temperaturas y cambio de tiempo, con tormentas, lluvias, y en esas me vi yo metido. Y es que el martes, estuvo lloviendo por la tarde, y de pronto dejé, por lo que decidí salir, y así lo hice. El tiempo nublado, las posibilidades de lluvia estaban ahí, y salí a correr, quería hacer catorce kilómetros, y allí me fui, enfilé los siete kilómetros y me dí la vuelta, iba por el camino de La Hilera, y llovía un poco, así se puede correr; salgo al Cordel, deja de llover… pero solo cinco segundos, en ese momento el cielo se abre, el agua me pega en las piernas como cuchilladas, me tengo que parar, me meto debajo de un árbol, miro el panorama, no se ve a lo lejos, así que me veo obligado, viendo como está la cosa, en llamar a mi mujer para que venga a recogerme. Se quedó el entrenamiento en unos doce kilómetros. Así que tuve que hacer los catorce al día siguiente, y los hice en muy buen ritmo.