Una mañana de viaje sin agua, nos llevó a la ciudad romana de Mérida, antigua Emerita Augusta, para disputar la V Edición de su Media Maratón. Pero fue llegar, bajar de los coches y recibirnos cielo con sus lágrimas, que no nos abandonarían en toda la jornada.
Cerca de 900 valientes nos pusimos en la línea de salida, para correr por la ciudad emeritense. Avanzamos desde la la Avenida de la Libertad, frente a la Estación de Autobuses, tomamos el Puente Lusitania, pasamos por el Paseo de Roma, donde se encuentran la mayoría de las Consejerías de la Junta de Extremadura, kilómetro 1, 4:03, y pasamos por el Puente Romano, con sus adoquines, sus pequeños charcos, y las zapatillas ya empiezan a mojarse, a entrar el agua por las telas de las mismas, para buscar los calcetines y luego el pie. Desde aquí seguimos, buscamos la antigua Nacional V, para lo que subimos un pequeño repecho, y ya cogemos toda la carretera. Pasando por encima del río Guadiana, diviso a varios piragüistas, que se están entrenando; desde luego, que ya no somos los únicos que tontos estamos bajo el manto de agua que cubre la mañana en la capital autonómica.
En el kilómetro 4 me alcanza mi hermano Juan, se queda a mi lado, y yo le digo que voy a ir a este ritmo, que espero hacer 1:26, y no quiero arriesgar más; un atleta que estaba con nosotros, en el pequeño grupo que estábamos formando, se me queda mirando, no sé si con envidia, por la suficiencia que se puede deducir de mis palabra, de duda hacia lo que busco, o con el pensamiento de que me va a superar. Al poco, Juan se marcha. Kilómetro 5, 20 minutos 40 segundos, a 4 minutos 8 segundos.
Al llegar a la rotonda de la Avda. de Cáceres, hay una modificación sobre el recorrido que las anteriores ediciones ha habido, ya que en vez de ir por la Avda. Juan Carlos I, volvemos por el carril contrario, y entramos en el Circo romano, trayecto de césped, y con el agua caída, hace el recorrido más pesado. Si yo voy de los primeros, y ya noto la pesadez del terreno, por el agua, cuando entren los últimos, va a ser un auténtico barrizal. Salimos del Circo por una puerta muy estrecha, que solo permite el paso de a uno, y lo sumo, y muy apretaditos, a dos. Sigo mi carrera, pasamos la Ermita de Santa Eulalia, giro a la derecha, buscando el Acueducto de los milagros; cuando llegamos bajo la vía del tren, un conductor impertinente, se mete por mi derecha, Juan y Antonio, que van unos metros más adelante, le esquivan cada uno por un lado; allí se queda el conductor con los agentes de la Policía Local, algún corredor, con razón, con vehemencia, pide que lo lleven a la cárcel, y es que hay gente que si no es la cárcel, un buen escarmiento sí, por la falta de respeto, de civismo. Antes de cruzar bajo el acueducto, alcanzo a Antonio, va tocado del isquiotibial, y le paso.