Acabo de salir del quirófano. Mis dolores de cabeza son intensos, el cuerpo me duele, la zona donde me han realizado la operación me arde. Abro los ojos. La visión borrosa no me deja ver lo que realmente tengo puesto y en qué situación puede estar.
Percibo, a través de mi borrosa visión, que un señor de uniforme blanco, me agarra el brazo y me clava algo. El dolor es mínimo comparado con el resto de los que recorren mi cuerpo. Se marcha. La penumbra domina la estancia donde estoy.
Poco a poco se va aclarando mi mirada. Veo que tengo varias gomas puestas en mi cuerpo, en mis brazos, en la barra, detrás de un gran vendaje. Un aparato, situado a mi izquierda, hace un ruido constante, un pitido, un zumbido, un pitido, un zumbido, y así de forma interminable.
Acceden mis familiares, mi mujer, mis hijos, preguntan qué tal estoy, cómo me encuentro, asiento con la cabeza, cierro un poco los ojos. Al instante, los abro, ahí siguen; fuera están mis hermanos.
Entra otro señor, de blanco, es el médico, dice a todos los allí presentes que abandonen la estancia, y nos quedamos los dos solos.
Me empieza a palpar, a mirar, los ojos, el pulso, la tensión. Toma notas, lee los folios que trae, y vuelve a tocar, a palpar. Se presenta, es el doctor Herreros; ha sido el que me ha operado. Me dice. Todo ha salido bien, hay que ver la evolución durante las próximas horas.Ahora sí, ahora pasan mi mujer, y mis hijos, me dan dos besos cada uno, mi mujer pone la mano sobre la cama, yo se la agarro, de forma muy débil, ella me ase con más fuerza. Luego pasarán mis hermanos, mis cuñados. La cabeza, con tanto ruido, parece que va a estallar; en voz baja, en voz muy baja, les pido que aminoren el volumen de sus voces. Poco a poco van abandonando el lugar, ya es un poco tarde, y se tienen que ir a comer, y otros pronto iniciarán la marcha a sus domicilios, fuera de la localidad; mañana tendrán que trabajar.