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domingo, 12 de mayo de 2013

CUENTO (CASI) IMPOSIBLE IV

        Si uno se sorprendiera de las cosas que a uno le ocurren, quizás en otros momentos no daría importancia a situaciones, a hechos que no han lugar.
El sol había decidido mitigar el implacable acoso que sobre el asfalto sometía a todo aquel que se atrevía a salir a la calle. Las sombras eran espacios privilegiados, el sudor resbalaba por los cuerpos, el frescor de una bebida, inmersa en hielo, reducía, por momento, la sensación térmica, el calor.
Era sábado, por la tarde, y por haber estado toda la jornada metido en casa, bajo las cuatro paredes de mi vivienda, al refugio de la implacable solanera, ahora no tenía otra opción que la de tener que salir a comprar, porque si no, el fin de semana iba a tener pocas vituallas en la nevera con las que poder hacer frente a toda la semana, porque, debido a mi jornada laboral, larga, intensa, por mor de una decisión más que cuestionable, tanto desde el punto de vista legal, como moral, de mi excelso jefe, entre semana me era imposible hacer las compras que debía hacer. Y solo los sábados, debido a la amplitud de horarios de los centros comerciales y supermercados, me permitían hacer la compra con más tranquilidad, pero claro, esa tranquilidad se tornó ansiedad, ya que las horas iban cayendo en el reloj, y yo sin hacer el acopio.
Ahora era el momento, no había excusas, debía hacerlo, debía salir a realizar el aprovisionamiento, y tras una ducha, con la que salí algo más fresco, me puse ropa de bonito, y salí a la calle. Allí estaba mi vehículo, debajo de unos árboles, me daba pena moverlo ahora, porque este espacio que daba la espalda al sol, sería rápidamente ocupado por otra persona, que colocaría su automóvil en el lugar. Pero es lo que tocaba en este momento, intentaría, después, aparcar en otro lugar que también ofreciera resguardo del Lorenzo en las horas más intensas de la jornada. Eso sería otra batalla.
El coche, a pesar de estar en la sombra, era un buen receptor de calor, y el interior olía a calor, a temperatura alta, a una sensación que te impregna de sudor, según te metes en él. Así que lo primero, arrancar el coche y activar, prioritariamente, el aire acondicionado, a máxima potencia, buscando refrescar, a la mayor velocidad posible el interior. Pero lo que se recibe nada más empezar es un fogonazo, un golpetazo de aire caliente, que sacude todo el habitáculo. Después, poco a poco, el aire frío va saliendo, las manos se ponen junto a la rejilla del aire buscando ese frescor, que no frío, que vaya relajando la situación. Ya parece que el coche se va enfriando, cojo un pañuelo y limpio el sudor que corre por mi frente, abandonando el aparcamiento, lanzándome a la lengua de asfalto que me ha de llevar al Centro Comercial, al Supermercado. Casi ningún vehículo transita a estas horas por las calles, la localidad está recogida en las casas, en la sombra. Otros han buscado el solaz y la relajación de la piscina, donde el agua de la gran bañera ayudará a relajar la sensación de esa alta temperatura que está machacando en estos días a la zona. Desde luego, calor, lo que se dice, calor, un montón el que hace.

sábado, 18 de agosto de 2012

CUENTO (CASI) IMPOSIBLE III

El valle del Beludón, junto al lago del mismo nombre, donde tres de los grandes ríos de la zona vienen a morir, es el lugar elegido por las tropas atacantes, para apostar sus fuerzas. Allí, durante tres interminables jornadas, las fuerzas que quieren romper el orden establecido, han estado montando una pequeña gran ciudad. Durante estos tres días, cientos, miles de hombres, han ido llegando al lugar. Para el día señalado, a la hora indicada, todo debe estar preparado.
La ciudad, perfectamente cuadriculada, plenamente organizada, viste el terreno con grandes tiendas de lonas, de pieles, multicolores. Más arriba, bajo la arboleda, y cerca de la llegada del río Belinor, los caballos descansan en sus improvisados establos, perfectamente atendidos por los criados destinados a este menester, esperando ser utilizados para entrar en la batalla. Más allá, las zonas de entrenamientos de los guerreros. Y algo apartado, sobre la pequeña península que se forma sobre el lago, algo alejado, y a la vez, protegido, de la soldadesca, la zona noble, donde pernoctan el emperador y su séquito, junto al estado mayor de las tropas, los grandes generales, los estrategas, los que van a guiar las tropas hacia el seguro éxito que busca el gran Fara, el emperador, el grande, el cruel, el magnánimo, todos los calificativos le son de aplicación, según el momento en que te cruces con él. Le acompaña su hijo, su sucesor, Canfara, hombre más astuto, más vehemente, empiezan a asomar las barbas incipientes en su cara, sus ojos azules tienen la venganza, la sed de batalla, de conquista.

lunes, 12 de marzo de 2012

CUENTO (CASI) IMPOSIBLE II

El despertador que suena, repentinamente, una mañana de domingo, es apagado rápidamente, y salgo rápido de la cama, ya que no es día para molestar a la mujer. Cuando aparezco en el salón, donde tengo todos los archiperres, el sol ya estaba en lo alto. Me asomé a la ventana, y observé que el viento, ese fenómeno que yo siempre miro, y siempre temo, antes de calzarme mis zapatillas para entrenar no estaba presente. Así, que con mi liturgia cotidiana cuando voy a entrenar, me tomo mi zumo, un plátano, me visto mis mallas, y cojo las llaves del coche.

Hoy voy a entrenar a un camino que me han indicado que está fenomenal, entre árboles y con pocas subidas. Lo único que está a más de diez kilómetros, y es mejor que me desplace en vehículo.

Así que ahí, en la cama, dejo a mi mujer, y en sus respectivos dormitorios a mis hijos, encaminándome al garaje. La mañana está buena para entrenar, nada fresca y parece que se va a poder correr bien. Mis amigos no salían hoy, así que es el momento de aprovechar para conocer nuevos sitios para practicar mi afición.
Salgo del garaje, pongo la música en el coche, y abandono la población por la carretera local que lleva a Aldea de la Vid y hacia la autovía. Paso el cruce y me encamino a la carretera que nos une con la capital. Ya estoy en la doble vía, y a los dos kilómetros escasos, se indica la Salida C-451. Intermitente y por allí me salgo. Una ligera subida, coronas, y te encuentras con una ligera bajada y, cuando terminas, se presenta una rotonda de frente. Me meto en ella, circulo por el lugar que me llevará al camino; salgo, pero creo que no he cogido la salida correcta, bueno ya me meteré un poquito más adelante, y cuando pueda retrocederé y cogeré el itinerario correcto.

El sol va desapareciendo, una inmensa niebla se presenta de frente a mí, miro para atrás, no se ve resquicio de lo que voy dejando a mis espaldas. Apenas hay arcén, no veo el lugar para detenerme y si lo hago en medio de la vía, corro el riesgo de ser alcanzado por otro vehículo que venga por detrás.

martes, 14 de febrero de 2012

CUENTO (CASI) IMPOSIBLE I

La calle de la Emperatriz rezuma ambiente; los niños corretean hacia la derecha, hacia la izquierda, los padres se paran a hablar con unos y con otros con los que se cruzan. Las madres miran, de vez en cuando, algún escaparate, de vez en cuando, vigilan los movimientos de sus hijos, para no perderlos de vista. Alguna socorre a su hijo que se cayó, y se hizo daño. El niño no llora hasta que no se siente protegido por su madre.

El sol se cuela entre los edificios, que quiebran las alturas de las fachadas, dando un ritmo alternativo a la luz solar, aquí sol, aquí sombra, niños en carritos, niños en bicicletas; los padres, pendientes. Niños correteando, niños andando.

Ahí estoy yo, con mi hijo, Sergio; me encuentro con Pablo y Elena que van paseando a sus hijos, Adrián y Elsa. Paramos en la Plaza de las flores, donde está el quiosco, donde los niños se arremolinan para comprar sus golosinas, sus bolsas, con las que saciar ese hambre que siempre surge cuando ven estos lugares.

Detrás, un pequeño parque, discreto, con unos columpios, un tobogán y un par de artefactos moviles, como todo ingrediente para el solaz y recreo de los pequeños. Está lleno; unos subidos en los columpios, otros en el tobogán, otros sentados con sus madres, comiéndose el manjar recién adquirido.