Uno, cuando sale a correr, se tiene que enfrentar a diversos factores, uno es el factor físico, es decir, el recorrido, si es llano, si tiene cuestas, si es en bajada, si es piedra, tierra o asfalto. Otro es el meteorológico, frío, calor, agua, viento. Y otro es el inherente al propio corredor, cansancio acumulado en el día, si es por la tarde, la predisposición para correr ese día, y la capacidad de recuperación. Y por último, está el tipo de entrenamiento, si es fondo, series, cambios de ritmo, etc.
Así que con toda esta suma de factores, uno se lanza a entrenar, a correr. Todos los ingredientes metidos en la coctelera, y a por la jornada de entrenamiento, uno más en la temporada, uno menos de cara al próximo objetivo, maratón, medio maratón o carrera popular.
Pero cuando uno sale a correr, no cuenta, en un principio, aunque luego la experiencia te hace que lo tengas en mente como otro factor, que es el de la educación de la gente, bien cuando van en coche y pasan junto a ti sin percatarse o no querer percatarse de tu presencia. Si llueve o ha llovido, te vas a tragar el charco por el que pasa. Si vas por un camino mascarás el polvo que deja inmisericorde a su paso. Si la calle o el camino es estrecho, el pasará y tu te esperarás, faltaría más.
Pero luego están esos que se llaman personas, humanos, que suelen salir acompañados de una criatura llamada perro, y en ese momento desconoces quién es más animal de los dos. Porque es verte correr y el perro, que está suelto, y en alguna ocasión, las menos, con el dueño al lado, se lanzará a por ti, con desaforados ladridos, intimidatorios, que te hacen pararte o reducir la marcha.