El despertador que suena, repentinamente, una mañana de domingo, es apagado rápidamente, y salgo rápido de la cama, ya que no es día para molestar a la mujer. Cuando aparezco en el salón, donde tengo todos los archiperres, el sol ya estaba en lo alto. Me asomé a la ventana, y observé que el viento, ese fenómeno que yo siempre miro, y siempre temo, antes de calzarme mis zapatillas para entrenar no estaba presente. Así, que con mi liturgia cotidiana cuando voy a entrenar, me tomo mi zumo, un plátano, me visto mis mallas, y cojo las llaves del coche.
Hoy voy a entrenar a un camino que me han indicado que está fenomenal, entre árboles y con pocas subidas. Lo único que está a más de diez kilómetros, y es mejor que me desplace en vehículo.
Así que ahí, en la cama, dejo a mi mujer, y en sus respectivos dormitorios a mis hijos, encaminándome al garaje. La mañana está buena para entrenar, nada fresca y parece que se va a poder correr bien. Mis amigos no salían hoy, así que es el momento de aprovechar para conocer nuevos sitios para practicar mi afición.
Salgo del garaje, pongo la música en el coche, y abandono la población por la carretera local que lleva a Aldea de la Vid y hacia la autovía. Paso el cruce y me encamino a la carretera que nos une con la capital. Ya estoy en la doble vía, y a los dos kilómetros escasos, se indica la Salida C-451. Intermitente y por allí me salgo. Una ligera subida, coronas, y te encuentras con una ligera bajada y, cuando terminas, se presenta una rotonda de frente. Me meto en ella, circulo por el lugar que me llevará al camino; salgo, pero creo que no he cogido la salida correcta, bueno ya me meteré un poquito más adelante, y cuando pueda retrocederé y cogeré el itinerario correcto.
El sol va desapareciendo, una inmensa niebla se presenta de frente a mí, miro para atrás, no se ve resquicio de lo que voy dejando a mis espaldas. Apenas hay arcén, no veo el lugar para detenerme y si lo hago en medio de la vía, corro el riesgo de ser alcanzado por otro vehículo que venga por detrás.







