Tras
una larga y agotadora jornada laboral, condicionada, como casi siempre, por las
tiranteces con intransigentes, que solo critican lo que haces y dices, cuando
ellos son los que son merecedores de los mayores reproches, y aderezada con
otros especimenes que buscan amargar la vida de los demás, anoche, tocaba
plegarse a una de esas reuniones ceremoniosas que tanto odio, o que tan poco me
gustan, según se mire, y lo quiera interpretar aquel que acceda a este texto.
Y
es que anoche, obligado por las circunstancias, debía enfrentarme a una cena en
familia. Familia, un concepto que casi nadie sabe o puede definir, y cuyo valor
se ha desvirtuado con el tránsito del tiempo, en esta nuestra sociedad cada vez
más individualista, cada vez más egoísta, y cada vez más dada a placeres
individuales, que a compartir encuentros en sociedad.
Y
es que ante esta situación, cada uno debe proceder a abrir las puertas del
armario de su alma, para ponerse el disfraz de la hipocresía, del cinismo, que
hará posible acomodarse a la situación de estar rodeado de individuos a los que
te unen ciertos lazos familiares, aunque pocos nexos de confianza, y en otros
casos, hasta circunstancias inamistosas.
Los
convencionalismos saltan a la palestra en estas circunstancias. Hay que ser
educado, considerado, debes evitar el caer en provocaciones, no debes incitar a
que nada altere la pretendida tranquilidad de este escenario, de esta
situación, el barco debe navegar por aguas serenas.
Todos
los que nos sentamos a la mesa en este evento, constituimos un catálogo de personajes
dignos de ser radiografiados, uno a uno, y es que todos tenemos nuestros
defectos, unos mayores, otros peores, y según preguntes a uno o a otro, te
darán una respuesta totalmente diferente al anterior; pero yo no, no caeré en
esa tesitura en este momento, y opto por seguir tomando una actitud camaleónica
para que se observe como normal la situación.



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